Johan Cruyff no se limitó a jugar. Lo reescribió. Antes de que su carrera directiva o su filosofía moldearan al Barcelona y al mundo, era una fuerza dominante en el campo. Sus elogios individuales reflejan una carrera definida por la brillantez y no solo por la longevidad.
El Balón de Oro, entonces estrictamente reservado a jugadores afincados en Europa, reconoció su supremacía en tres ocasiones. Se llevó a casa el premio en 1971, 1973 y 1974. Estos no fueron sólo trofeos. Fueron reconocimientos a un jugador que cambió la forma de pensar de los equipos sobre el espacio y el movimiento.
Su influencia no se limitó a Europa. Cuando se mudó a Norteamérica, trajo esa misma magia. En 1979, ganó el premio al Jugador Más Valioso de la Liga Norteamericana de Fútbol. Demostró que sus habilidades se traducían en cualquier lugar.
Décadas más tarde, el mundo del fútbol miró hacia atrás y reconoció su total impacto. En 2006, Cruyff recibió el Premio Laureus a la Trayectoria. Esto no fue por una sola temporada. Fue por toda su contribución al deporte. Dejó un legado que sobrevivió a sus días como jugador.
Lo que importa no es sólo la lista de victorias. Así es como los ganó. Cruyff jugó con la mente siempre tres pasos por delante. Sus premios son sólo una prueba de que el resto del mundo finalmente se puso al día.





















